Periodista y Escritor
Pablo McKinney
Inoculado de política desde la infancia. Admirador de los dignos derrotados, romántico empedernido, pendejo con Club y todo, pero sin excesos.
Confiesa que no ha hecho más que caminar por la vida con el único fin de tener qué contar, y cuenta y escribe por la amistad, por sentirse socialmente útil y porque algún día las mujeres que entran a la oficina y visten de fucsia lo quieran.

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miércoles
03feb2010

La Policía, la muerte y las damas


 
         Si lo de la Policía Nacional fuera cosa de chistes malos, mentiras mal contadas y peliculitas porno, entonces, no se quejaría uno tanto.
         Pero es que, mientras ella nos presenta unos videos y esgrime unos argumentos más débiles que el puño de una virgen, sus  muy señores de horca y cuchillo convierten el “dale pa’bajo” en un himno al homicidio contra los pobres, delincuentes o no, pero pobres.
         Al mismo tiempo, nunca se les ocurre a estos tipos, y ¡qué bueno!, eliminar a tiros a un funcionario supuestamente corrupto, de este o de cualquier otro gobierno, a un alto empresario lavador de alta cuna y bajos instintos. Y tome nota, que no me refiero “a chicos bien en malos pasos.”
         Tal parece, que la PN reserva su violencia homicida para el ladronzuelo, jodedor y asesino que bien merece 30 años de cárcel, mientras es sumisa como un yerno y respetuosa como un ahijado, a la hora de enfrentar los altares, o sea, esas invisibles y grandes, educadas y legalizadas bandas nacionales tan bien conectadas con el Poder, y a veces desde El Poder, con mayúsculas y todo. 
         A nuestra PN sólo le brota la violencia homicida al atravesar la Ave. San Martín o cruzar el Ozama. En mi dilecto VillaCon, -donde los sábados tomo clases de bachata en el bar de Correa, por un puntito de droga y un atraso en el semanal te cosen a tiros. Y mientras a los hombres de Agosto F. ya los ejecutan hasta en una tarde de compras en Carrefour, a los grandes cómplices del Poder político y empresarial, el que hace posible el lavado y el transporte masivo de drogas, nadie les envía una citación judicial, ni siquiera acompañada de un poema de Sabines, algo de don Mario. 
         Poco a poco, en nuestro país se va consolidando impunemente una absurda orquesta de cínicos y sátiros, sádicos señores, a los que no les avergüenza avergonzarnos, y ni siquiera les inmuta burlarse de las damas, incluida aquella, ay, don Radha, la que alguna vez visitó una oficina, iluminó un parqueo, la misma que una noche literaria en la Zona y su Museo, exhibió con desdén de princesa trigueña un vestido fucsia capaz de hacer callar a Dios y matar de envidia a María Magdalena… y sin intercambio de disparos.  

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