Periodista y Escritor
Pablo McKinney
Inoculado de política desde la infancia. Admirador de los dignos derrotados, romántico empedernido, pendejo con Club y todo, pero sin excesos.
Confiesa que no ha hecho más que caminar por la vida con el único fin de tener qué contar, y cuenta y escribe por la amistad, por sentirse socialmente útil y porque algún día las mujeres que entran a la oficina y visten de fucsia lo quieran.

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miércoles
abr072010

Besos por viernes 


 
            No es justo ni cristiano, que pueda uno ir por la calle con una pistola en la mano sin que nadie se espante, y al mismo tiempo sea motivo de ridículo escándalo besar a la mujer amada mientras juntos descubrimos la Zona Colonial una vez más. 
            No anda bien un país donde exhibir una metralleta despierta más admiración que la fiesta de ternura que representa un beso.
            Enriquillo Sánchez, antes de irse a besar a dos brujas jóvenes del Barrio Latino con su penúltimo verso en la boca, me contó que en mayo de 1968, en París hubo una revolución para que pudiera la gente besarse sin permiso y amarse en las farolas. “La imaginación al poder”, decían, ¡y quién no se ha imaginado una tarde con besos, un mar –celoso- de las ansias rojas de unos labios locos… ¡
            Hipócritas y simuladores, somos los vencidos de una generación sin fe, que Balaguer derrotó con su talento para explotar miserias humanas. Teníamos precio. A unos los compraron los apartamentos del Estado, las fincas estatales; otros nos vendimos por un gran amor, porque una noche casi frente al mar, Alá, Dios o Pichuco nos dieran valor para robarle un beso, (anticipo de la gloria de su piel, en el reino convexo de su cuerpo, amén.) Por eso anda uno ahora tan cristiano, de agradecido.  
            Ya que andan por ahí tantos señores medievales, quejándose de los ciudadanos que se besan en las calles, como si estos fueran evasores del fisco o nuevos ricos de los que “bendicen” los partidos cada cuatro años, acudo a mis lectores para que dediquemos el fin de semana con sus noches al tierno ejercicio del amor más sentido, al santo forncio, al invento feliz de una caricia sin más límites que los que imponen sus labios y el brillo alado de sus ojos brujos. Ay, don Radha, si esta generación nuestra no sirvió para realizar la revolución del ejemplo, a ver si nos da para la Revolución de los besos. Y además, es viernes, ombe.
            Besémonos dónde y cómo se pueda, con besos fraternos o eróticos. Besos secos de amistad o besos húmedos sin fin. ¡Ay, del dulce manantial de tu boca!          (Por cierto, ¡Qué sería de mis labios sin el sueño de sus besos, señora: silencio, sólo silencio! )

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