Periodista y Escritor
Pablo McKinney
Inoculado de política desde la infancia. Admirador de los dignos derrotados, romántico empedernido, pendejo con Club y todo, pero sin excesos.
Confiesa que no ha hecho más que caminar por la vida con el único fin de tener qué contar, y cuenta y escribe por la amistad, por sentirse socialmente útil y porque algún día las mujeres que entran a la oficina y visten de fucsia lo quieran.

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martes
jun222010

El Disco Club siempre estuvo allí


 
El Disco Club uasdiano siempre estuvo allí, como estuvo el bar del Hotel Comodoro. Hagan memoria y sonrían.
Hacia ambos lugares nos escapábamos los días 25 de cada mes, después de mis cobros en la SEA, los de Elisa en el banco o los de Manolo Disla en la CAASD. (Miguel D’ Mena, siempre estaba en olla.)
Pero el Disco Club, como El Monalisa, siempre estuvo allí.
Lo que ha cambiado no es la oferta, sino el perfil psicológico de los demandantes.
El fornicio es lo de menos. Al fin, el fornicio siempre ha sido un oficio de universitarios. ¿Cuándo y cómo se va a conocer el alma femenina, sino se empieza en Grama 012?
El problema de nuestra juventud no son los colmadones en los alrededores de las universidades, sino la falta de educación doméstica de nuestros jóvenes, criados sin reglas ni disciplina, sin boches ni cariño, con la ausencia paterna o materna como una maldición en una sociedad que se ha quedado sin utopías ni fe en nada, salvo en el goce alocado y sin mañana del sexo sin cariño, ay, que de conatos de fornicio solo brotan resquemor y desatino, y siempre se vuelve al principio como a un Dios crucificado que perdiera a su María, la de Magdala.
El problema no son las drogas legales o ilegales, -eso es un asunto de pago de impuestos- sino el alma herida, el vacío existencial y las carencias familiares que hacia ellas conducen. 
El problema es que los mayores, con nuestras “desacciones” y desgobiernos, no tenemos camino que ofrecerle a los chavales, y estos ya no tienen metas sino el mito de hacerse millonarios al menor esfuerzo, en Agosto como en enero.
Nuestros jóvenes son mendigos en su orfandad, porque los viejos tenemos que “buscarnos la vida”, aunque con nuestra ausencia estemos llamándoles la muerte de la falta de valores, la promiscuidad o las drogas, la orfandad de Dios. La educación del ejemplo, estúpidos, el buen ejemplo.
Antes de cerrar los colmadones –bastaría con aplicarles la ley- abramos la esperanza a nuestros jóvenes, dando prioridad al amor sobre el confort, a la Educación sobre el transporte, a la austeridad ante la francachela, a la familia sobre las notas sociales y sus mentiras. Que falten oficinas y sobren guarderías, joder. Por nuestros jóvenes, por el presente, que al fin, es lo único que tendremos siempre. Amen.

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